chispa y laura by Victor Albarracin Llanos

Un poquito antes de las 8 de la mañana del primero de marzo, en el puesto de atrás de un taxi, Chispa lanzó un aullido, tierno y rabioso, agudo y muy definido, como si una aguja cantara. Toda la tristeza del mundo se juntó en el sonido desgarrador y dulce de ese animal muriendo en mis brazos.

Después de que todo pasó, Ana me recogió en un parque, en la esquina de la veterinaria a la que llegué cargando su cuerpito aún tibio. En un clarito del bosque, abrimos un hueco en la tierra. Cristina subió cinco flores de botón de oro, Angélica quemó copal y Laura cantó una canción hermosa mientras yo ponía a paladas la tierra de vuelta en el hueco, la última morada de una perrita a la que se le rompió el corazón.

Mi cariño por Laura nació ese día y, en mi cabeza, ese cariño sigue teniendo la forma de una canción. No es en vano que ahora, en estas últimas semanas, su propio tránsito hacia la muerte estuviera tan lleno de música.

Yo no sé cantar, y ese no saber me hizo callar, con un nudo en la garganta. Cuánto hubiera querido devolverle el regalo hermoso de esa canción que nos acompañó, a Chispa y a mí, en la separación final de nuestros cuerpos, tras casi nueve años de habernos hecho casi un simbionte, cuerpo sintiente y palpitante, canalización de fuerzas y debilidades, espacio de intersección entre una chihuahua poderosa y un hombre quebrado por su propia inviabilidad.

Sin voz ni corazón, me queda solo esta escritura descorazonada para intentar hacer resonar el cariño por una perrita y por una mujer admirable que me han enseñado más sobre la vida y la muerte que todas las formas de mis pretensiones intelectuales.

puente by Victor Albarracin Llanos

Cómo palpita tu vida de potencias inusitadas

Ahora que estás aquí junto

Después de que justo te has ido

Y sigues estando, con ese estar

Magnífico y calmo

De quien prescinde en lo sucesivo

Del uso de los verbos ser y estar.

Cómo contrasta tu vida

Plácidamente acompañada en el viaje

Por quienes no hemos ido

Y ni siquiera entrevisto

Allá

Donde ya te instalaste.

Una suma de dolores y bellezas

De llanto roto y de risas

Un puente de hilo y aguja

En esta orilla de los vivos.

¿Para qué ese puente en tu orilla

Donde ya no necesitas suelo?

Los gestos tiernos son siempre inútiles

Pero sólo de ellos vivimos.

aprenderás by Victor Albarracin Llanos

Lo más duro de ser intocable

es que tarde o temprano te tocan

y tu piel, ajena a caricias y golpes

se ve lacerada, se rompe y sangra.

Pero solo al final

cuando quede ya muy poco

aprenderás de tus llagas

y de las que abriste

en otros.

ya casi by Victor Albarracin Llanos

Ya casi vuelvo

aunque, más que nada,

deseo esa lejanía

ese verdor terrible y dulce

que siento en las tripas

y que nunca finge.

Ya casi vuelvo

pero mi mente quiere quedarse

deshaciéndose entre agua helada

y sol de cielo azul.

la verdad by Victor Albarracin Llanos

la verdad es que no sé, la verdad es que no sé, la verdad es que no sé, la verdad es que no sé, la verdad es que no sé, la verdad es que no sé, la verdad es que no sé, la verdad es que no sé, la verdad es que no sé, la verdad es que no sé, la verdad es que no sé, la verdad es que no sé, la verdad es que me canso, la verdad es que me confundo, la verdad es que no logro, la verdad es que intento y que espero y que me esfuerzo y que escucho y que doy y que busco comprender con la generosidad de mi escucha y con la disposición de mis ideas y con la atención de mi pensamiento pero la verdad es que no se, la verdad es que no sé, la verdad es que no sé, la verdad es que no sé , la verdad es que no sé, la verdad es que no sé, la verdad es que no sé, la verdad es que no sé, la verdad es que no sé, la verdad es que no sé, la verdad es que no sé y entonces no saber me llena de ansiedad y la ansiedad me roba las fuerzas y me deja sin energía y me confunde los pensamientos y me hace sentir que todas mis acciones y la disposición de mi voluntad hacia la comprensión y hacia la escucha y amor y paciencia se tuercen y se vuelven nada o se vuelven un peso una carga un lastre una mancha una falta un vacío una decepción una ruptura una pérdida una pequeña muerte y entonces la verdad es que no sé, la verdad es que no sé, la verdad es que no sé, la verdad es que no sé, la verdad es que no sé, la verdad es que no sé, la verdad es que no sé, la verdad es que no sé, la verdad es que no sé, la verdad es que no sé, la verdad es que no sé, la verdad es que no sé,

plumas by Victor Albarracin Llanos

Las plumas son las capas más visibles

del viento que no sopla, superpuestas;

el cuerpo es escenario prescindible

que se pudre, que se rompe y que apesta.

Pero, entre chirridos y hedores

ese cuerpo es un jardín florido,

es el relato de todos los horrores

y el canto dulce de lo amanecido.

Este cuerpo en decidida decadencia

lo ha visto todo y ha cargado todo el peso,

y se ha quebrado en la final resistencia

del que confía en el poder de su deceso.

barrizal ya seco by Victor Albarracin Llanos

En 2020, pensé que era por la pandemia

En 2021, que era por el horror presidencial

En 2022, el cansancio de seguir viviendo

En 2023, que el tiempo nuevo me florecería

En 2024, siento que es sólo mi culpa.

Y quizás lo sea, pero no la veo.

Miro alrededor y miro adentro mío,

miro las potencias vivas que me germinan

y me reflejo en mis opacidades necesarias;

cultivo la alegría, sin razón, como se debe

y procuro no caer en la caverna cegadora

o salir pronto, si es que terminé cayendo.

Pero nada pasa, nada que no sean las horas

el silencio de los días de esperar desesperado,

el anhelo hecho hielo que hace daño,

el rostro que se me marchita ante el espejo,

la voz que dice “no” diciendo nada.

Son las ansias carnívoras de la nada

ruñéndome las uñas y los huesos,

es la voz que se hizo flaca

a fuerza de esperar callada

que el mundo la invite a venir,

pero el mundo no me invita

y no logro tomarlo por asalto.

He intentado ser el perro bueno,

el policía malo,

el hombre que bajó la montaña,

el cándido esperanzado,

la sombra de toda sospecha,

el monje que vendió su ferrari

Y apenas soy la fantasía

de alguien que, siendo yo,

pierde la fe y la magia

y se seca

y se sigue secando,

osamenta calcinada

entre un barrizal ya seco.

albarracín by Victor Albarracin Llanos

No tengo ninguna alcurnia, pero mis apellidos son viejos. A veces me quedo viendo mis diccionarios arcáicos en pdf después de buscar una palabra específica. Hoy, intentaba buscar ‘Albarraque’ o ‘Alabarraque’ en el de Nebrija y en el de Covarrubias, para confirmar que de ahí había evolucionado la palabra ‘barranco’, pero me volví a estrellar con la bella reseña del Covarrubias sobre el nombre ‘Albarracín’. Se dice hoy que el apellido se desprende del nombre de ese pueblito español rodeado de peñascos y protegido por muros altos y dos torres. Se dice que el nombre del pueblo sale justamente de esas dos torres que, en árabe, se dice ‘al-burakain’. También se dice que Albarracín sale de ‘al-barraq’, una palabra para nombrar al valiente, al berraco. No me gustan la valentía ni la berraquera, no son virtudes que tenga ni que quiera tener. Tampoco me gusta mucho la idea de estas dos torres erigidas al borde de un barranco para proteger un poblado. Lo que me gusta es el barranco en sí, la caída al vacío, la geografía cortante de un abismo tallado en piedra y, por supuesto, me encanta la definición de Covarrubias, que piensa que el nombre, “significa los apartados del trato y comercio de los demás: como antiguamente estaban los leprosos: y sin duda debían de estar apoderados de este lugar hombres facinerosos y foragidos, y de allí bajarían a robar la tierra”.

La vida parecería irme acercando al borde de ese barranco que me nombra, que me aleja del trato y del comercio, que me separa, como al criminal o al enfermo, como al loco, quizás, que ha perdido el juicio, si se entiende ‘juicio’ como el acuerdo a la convención social y a las maneras de la cortesía y de la productividad. Por un lado, sufro a diario mi separación, el ostracismo al que he sido reducido y el cierre sostenido de toda opción de ‘trato’ y ‘comercio’. Lo sufro porque necesitamos afectos, dulzura y palabras de aliento, tanto como posibilidades de algo que podamos intercambiar con otros para poder pagar el vivir y, más, para no desaparecer en el silencio del mundo convertido en constante ruido mental. De alguna forma, ser un albarracín cualquiera es ser un condenado de la tierra, al borde del despeñadero pero, también, es habitar la promesa de una tierra que habré de bajar a robar porque nadie, ni el comercio, ni el buen trato de los que fueran amigos, ni el reconocimiento de mi existencia por el Estado, por la sociedad o por el sistema de la cultura que miro desde el filo que, a la vez, me deja ver la profundidad de la tierra y la abrumadora luz del cielo reformador de nubes me van a conceder por las buenas.

apretada by Victor Albarracin Llanos

Me decía Clarice un momento antes de ver la gata al sol:

“Equilibrio peligroso el mío, peligro de muerte del alma. La noche de hoy me mira con letargo, verdín y cebo. Quiero, dentro de esta noche que es más extensa que la vida, quiero, dentro de esta noche, vida cruda y sangrante y llena de saliva. Quiero la siguiente palabra: esplendidez, esplendidez es la fruta en su suculencia, fruta sin tristeza”.

Y yo también quiero eso mismo, esplendidez; pero mi vida sigue apretada, a mi cuerpo le faltan heridas, la saliva se me seca en las comisuras. Quizás me falta trabajo espiritual, tal vez no he escuchado las lecciones del dolor o mi carne está ya dura, sancocho de gallina vieja. Pero tengo confianza en que un día la luz me va a alumbrar espléndida, como siempre lo hace, y yo seré capaz de recibir su brillo con una enorme sonrisa sin dientes.

propuesta para un texto que nunca llegué a escribir; pero algún día... by Victor Albarracin Llanos

Sudar

Llorar

Gotear

Romper fuente

Parir

Parir un texto

Gotear el cuerpo

No permitirse perder la posibilidad de perder

Cosas que se rompen en los sueños: no hay que recoger los pedazos al despertar.

Aún no sé si esto conducirá a algún lado, o si terminará disolviéndose en el camino. En todo caso, te voy a contar en lo que estoy por si aún te suena que vale la pena que conversemos.

Hace unos meses escribí un texto para Ecotonos, un proyecto de Juliana Steiner sobre ríos y comunidades. Lo que hice fue reconstruir un conjunto de conversaciones por Zoom entre un artista sonoro de Sibaté y dos pescadores de Nuquí que, en teoría, hablaban sobre los payaos, unas estructuras subacuáticas hechas con árboles muertos que se usan para multiplicar la pesca y generar espacios de sombrío para distintas especies, favoreciendo la biodiversidad en el golfo de Tribugá. Los payaos son renovados dos veces al año a través de la juntanza de toda la comunidad y, con ello, se mantiene también el lazo que le da forma al vínculo comunitario en la región. Sin embargo, muchas horas de esa conversación se iban por las ramas y los pescadores terminaban siempre hablando, con gran belleza, de otras muchas cosas: de los cantos de las ballenas, de titulaciones colectivas, de las medicinas ancestrales, de la calidad de la alimentación y de la riqueza y variedad de los recursos en el Chocó pero, más allá, los pescadores hablaban del espíritu: de la soledad, de la pesca como práctica de meditación, de los estados mentales que les permitían el encuentro consigo mismos en las aguas oscuras del manglar, de la expansión perceptiva, de la respiración y de muchos otros aspectos de la pesca que tienden hacia ese encuentro con las fuerzas espirituales del mundo y con las fuerzas internas que van modelando el alma del pescador a través de la interiorización de su oficio. Escuchar el registro de esas voces grabadas era también escuchar el torrente o el oleaje sereno de cuerpos de agua.

Así que empecé a pensar en esa relación del espíritu con la pesca y recordé el trabajo que me costó leer a comienzos de la adolescencia El viejo y el mar, que es una gimnasia espiritual del heroismo y la pérdida, difícil de encarar para un niño rolo al que le ganó el miedo y nunca aprendió a nadar, ni a apostarle a nada, pero de ahí me llevó la corriente en otra dirección y terminé pensando en Pescador, lucero y río y en El pescador; luego me llegó La subienda y terminé sumergido en el Pescador de Barú, El Canoero, Al otro lado del río y otro montón de cumbias, muchas de Gabriel Romero pero, sobre todo, de los Warahuaco, que crearon y convirtieron en oro un género lírico y musical: la cumbia de pescadores, llena de historias dolorosas, de ansiedad, de luchas interminables contra el oleaje, de resignación y de un montón de emociones que tienen que ver más con la inestabilidad de las aguas interiores del pescador que está siempre a punto de zozobrar, aunque no necesariamente por la furia del río o del mar sino por la fuerza avasalladora de sus propias pasiones.

Me encantaría escribir algún día sobre esas cumbias de pescadores, himnos de la gente pobre en Colombia (nunca escuché en una navidad de familia gomela que el tío borracho con botella de guaro en mano se desgañitara cantando “anoche no pude llegar a ti, quise dar un grito pa desahogar y entonces me puse fue a meditar que uno viene al mundo es pa sufrir, y me agarró la tormenta, el mar estaba picao…” pero sí lo viví de niño en las fiestas de mis vacaciones en Neiva, a comienzos de los ochenta, llenas de paseos de olla, de familia inverosimilmente borracha, de hordas de niños correteando sin autoridad capaz de contenernos y, por supuesto, de esas y muchas otras cumbias que fueron desapareciendo con la llegada del TLC, porque ninguna emoción digna puede surgir de la tilapia congelada o de la bassa que llega de Vietnam), pero no, tampoco voy a escribir sobre cumbias de pescadores, porque ya no hay cumbias de pescadores porque los ríos se han ido secando y la subienda ya es un mito y yo no tengo el acervo necesario, ni la energía para no pegarme un tiro en el pie escribiendo sobre algo que me exigiría erudición, ademas de tiempo y dedicación, que ahora me faltan. Discúlpame por dar vueltas y vueltas con esto, estoy intentando encontrar un modo digno de explicar lo que quisiera escribir, pero creo que no hay dignidad en ese atisbo de idea. Déjame escribir un par más de pendejadas a ver si logro empezar.

Últimamente me han vuelto a salir en Facebook (no en Instagram) esos protomemes que mostraban la microscopía de distintos tipos de lágrimas: las de rabia, las de tristeza, las de impotencia, etcétera. El chiste de esa imagen estaba (nunca he comprobado si es real) en mostrar que, dependiendo de la emoción que albergaran, la estructura molecular de esas aguas saladas oculares se modificaba de manera dramática. Por esa misma época, la época de El Secreto, Las leyes de la atracción y What the Bleep do we Know!, se popularizaron también los experimentos de Michio Kaku, en los que embotellaba cualquier agua puerca de charco y la volvía cristalina a punta de hablarle bonito mientras se parrandeaba el agua del manantial más prístino diciéndole que era inmunda. Entonces, de alguna manera, este montón de aguas me han ido haciendo pensar en algo, en algo un poco idiota y que no sé cómo transformar molecularmente, a menos que el lenguaje me permita ir filtrándolo hasta que sea claro, porque todavía no lo es. Digamos entonces que me interesan los matices emocionales de las aguas, que me interesa el lenguaje como espacio tormentoso de sanación, entendiendo que sanar no es más que aceptar que estamos llevados del putas a la vez que hacemos resonar el padecimiento para dotarlo de una vibración cargada de brillos y de sombras. Y me interesan esas ideas en relación con la posibilidad especulativa de la autoteoría, de la ficción sobre uno mismo, es decir, sobre mí mismo, que te hablo aquí.

Entonces, para empezar a hablar de mis aguas, voy a enumerar un conjunto de verguenzas propias, creo que será lo más fácil para empezar:

  1. Fui un niño meón. Me oriné en la cama con frecuencia hasta los 10 u 11 años. Un par de veces, ya de adolescente, me oriné borracho y despierto en los pantalones. Entre los 20 y los 50, que estoy a punto de cumplir, me he orinado en la cama una vez por década, en situaciones siempre muy embarazosas y nunca solitarias sobre las que no voy a decir más.

  2. He sudado siempre, en exceso, debido al calor, al estrés o al esfuerzo físico. Un par de veces me han dicho los médicos que la sudoración excesiva podría mostrar una predisposición a las patologías cardiacas. Así que pienso que he vivido mi vida con el corazón roto y que sostener esa ruptura sin diagnóstico ha implicado un trabajo extenuante y, en consecuencia, litros y litros de sudor.

  3. Quizás lo que he hecho en la vida con el mayor compromiso ha sido llorar. El vínculo más profundo que tuve con mi padre, un señor muy parco y muy severo que siempre estaba jodido y reventado de trabajo para poder medio pagar el arriendo y la comida, se construía los domingos frente al televisor. No importaba si veíamos La Familia Ingalls, Camino al Cielo o McGyver porque, sin importar qué, siempre había en toda historia, en toda emoción, algo digno de ser llorado. Así que llorábamos en silencio, juntos, sin hablarnos, con la mirada fija en la pantalla de blanco y negro. En 2013, cuando me fui a vivir a Los Angeles para hacer una maestría, empecé a grabarme en video llorando, siempre en clips de 1 minuto, siempre solo, duplicándome en la imagen electrónica que se compadecía de mí en una ciudad en la que casi me muero de dolor tras una ruptura amorosa que nunca elaboré con palabras. I’m too sad to tell you, you know? Me grabé hasta hace poco más de un año, aunque hace dos o tres empecé a perder la disciplina del registro, tal vez porque, desde que murió mi papá, durante la articulación Covid – Paro Nacional, empecé a llorar en público, frente a amigos, ligues y frente a Ana, mi pareja, que me ve llorar a diario de dolor, de rabia, de risa o de esa tristeza que le contagia a uno la luz del atardecer. En total, grabé 258 clips de 1 minuto, es decir 4 horas y 18 minutos de llanto. Mi plan inicial era completar 24 horas hechas de secuencias de 60 segundos, para que el llanto fuera el reloj que signara mis días. Llorar en público fue haciendo innecesario el desdoblamiento de mis emociones en la pantalla.

  4. Empecé a sufrir de la próstata hace quizás un año, cuando  me empecé a dar cuenta de que nunca se me quitaban por completo las ganas de orinar. Los síntomas han ido empeorando aunque aún son moderados. Sin embargo, percibo ya un goteo insignificante pero atroz después de cada ida al baño. Supongo que estoy lejos aún de empezar a usar un pañal para adultos, pero todo río empieza siendo gota.

¿Qué son todas esas aguas internas que recorren nuestro cuerpo y que escapan de nosotros? ¿Cuál es el estatus emocional de esas aguas? ¿Hay un sudor del placer después de follar y otro muy distinto de la calle a oscuras donde un par de sombras se aproximan amenazantes? ¿Son las gotas furtivas de orina el lagrimeo nostálgico por el fin de mi virilidad? ¿Qué se disuelve en mí por la emanación de mis aguas internas? ¿Es mi cuerpo la erosión del suelo que ya no puede más que dejar escapar sus aguas o es ruina húmeda favoreciendo el surgimiento de musgos, hongos y líquenes? ¿Qué es hoy ser un hombre o, más bien, qué es hoy de ese hombre al que pidieron no llorar, no mostrarse flojo para el trabajo sudando al menor esfuerzo y que, poco firme, se mea soñando con cascadas? No sé si estas preguntas sean preguntas y no creo que tengan respuestas. No sé si cualquier cosa que surja de este ejercicio le puede importar a alguien que no sea yo, ni sé tampoco si tendré el valor de intentar responder, confiriéndole belleza y verdad a este atisbo de escrito, pero siguen saliendo de mí pensamientos sobre estas cosas y tal vez, en este espacio de progresiva deshidratación, tenga algún mérito persistir haciendo aguas, dejando que se me moje la canoa.

Abrazo.

raíces by Victor Albarracin Llanos

Me van a salir raíces, de la garganta y del culo, por mucho callar, por poco moverme. Se van fundiendo la nalga y la silla, como una orquídea en un tronco. Habla contigo mismo, me digo ayer y hoy y mañana, disfrútate todo tú: tu conversación chispeante, tu encanto discreto y no tanto, que si el mundo se lo pierde, será un problema del mundo. Pero los gatos me miran raro, aunque a veces me contestan, sobre todo si les canto la marsellesa cambiada. A uno de los dos, sin embargo, le gusta más cuando entono "yo nací en una ribera del Arauca vibrador", aunque en la letra dice otras cosas, siempre cosas distintas, algunas veces obscenas y otras veces agridulces. Hoy vi en las noticias que se casó Michel Houellebecq, eso me hace pensar que hay esperanza, si es que casarse lo fuera, y hasta se veía tiernito, vestido como el Pingüino. O tal vez yo, más que él, soy coherente. Y esa es una enfermedad que a veces mata  y, si no, duele.

con el grano, apenas by Victor Albarracin Llanos

Tanto que he sufrido, que me he dado al sufrir

y aún no he hecho perla, ni siquiera barrueco.

El grano de arena sigue siendo arena,

la rabia, en rabia pura sigue.

Sin belleza.

Nada se depura, nada se decanta

es el golpe seco, es la emoción sin modo

y sin modulación.

Sufrir de arena y no de perla,

sin aspiración de brillo

sin perfección de esfera,

con el grano, apenas

de la voz quebrada

ano de la burguesia by Victor Albarracin Llanos

Cuando todo es turbio solo trae luz el disturbio, cuando la vida está muerta solo queda la reyerta, no se funda la república si no se rompe un florero y no está de más si se incendian un banco o un par de cajeros. La constitución no fue cosa de hablar con buenas maneras, se logró con el poder de las luchas guerrilleras: en medio de tomas, barricadas y balaceras con las que unos forajidos, a quienes llaman bandidos los gremios y el seudogobierno, quisieron tumbar el designio funesto de presidentes eternos. Se nos ha olvidado que el miedo no es solo para que nos hagan sentirlo sino que juntos mis panas podemos reconducirlo sin ninguna cortesía, con rabia y con alegría, al ano de la burguesía. Esta vida funcionaria necesitaría otra cosa, una razón más sincera, una ficción menos sosa. No saquees al vecino cuando está el Grupo Casino, por qué seguirle comiendo a este gobierno de paras, por qué comprar en el Ara, en el Jumbo y en la Olímpica, si son quienes van apoyando la derecha que multiplica a Bolsonaros y Piñeras, a Duques, Macris y Áñez, no nos atontemos, parces, que no es pelea de un día, que no se para una tarde para que otra melodía reemplace el sonsonete triste de tu vida en la oficina que subsidia noche y día a esa estructura mafiosa que siempre nos asesina. Hay que sostener el paro, hay que dejar los reparos, barricada, huelga y trinchera traen luz más duradera, van dándole fuerza al débil, le ponen fin a la espera. Yo sé que somos cobardes, que el televisor nos consuela, pero es desconsuelo puro, puro ruido que alela y con piedra y grito vivo habría que echarles muela. Hay que hacer que les duela, tenemos que darnos la pela, ya no tenemos más chance de que nuestra rabia demuela. Si nos callamos nos callan, si nos dejamos nos dejan, nos matan si se nos mueren las ganas de dar pelea. No me pises que voy en chanclas, no me pises que voy en chanclas.

arcilla fundacional by Victor Albarracin Llanos

Quién va a cuidar mis fantasmas cuando la carne se seque en el hueso? Cómo vivirán mis memorias de ti si en el cuerpo ya no estoy preso? Nos secaremos yo entre la tierra y tú en el aire cuando ya nadie más te imagine, cuando todo se termine, cuando mi voz no determine palabra, cuando mi vida se abra a la nada, cuando la tierra arrojada sobre mis restos anule hasta el último gesto, cuando de esto y de aquello ya nos hayamos librado, cuando el destino nos haya borrado, cuando ya no sea yo, cuando te haya soltado en el último aliento, el que extingue el sentimiento, el que anula el pensamiento otorgando ese nuevo posicionamiento de muerto, cuando me vuelva compost para el huerto. Hubiera querido que no solo en sueños fueras la voz que me arrulla, la mano que en el día deshace mis marrullas, me habrïa derretido por mezclar mis sustancias con las tuyas, puede que ya lo intuyas, aún sin que me haya muerto, aún en mi vida de entuertos te alojo en forma de espectros: eres presencia invisible, eres ladrillo indivisible aunque esté hecho de nada, de fantasías de almohada, de noches desorbitadas, de frustración amasada en la masa de tu cuerpo esquivo, en el dolor con que vivo, no hay comprimidos de rivo que puedan calmar convulsión ni ansiedad de tu fantasma sin edad, de nuestra historia sin verdad, de la distancia sin bondad y sin tiempo. Hay gozos inalcanzables que son por eso irreductibles, hay sentimientos enquistados como espinas o proyectiles. Cuando perdamos materia del cuerpo entregado de nuevo a la tierra, se va a acabar esta guerra de maraña y de maña, se va a acabar la ilusión del mañana disuelto en el tiempo de una tierra que no espera ya nada de ti ni de mí. Seamos el lodo esencial, arcilla fundacional, seamos tú y yo esa tierra sin nombre que va a germinar.

la vida sexual de las piedras by Victor Albarracin Llanos

Si la perla es arena suavizada en la baba que libera una concha, no podemos seguir sin preguntarnos por la vida sexual de las piedras. Aunque he pensado en eso cada cierto tiempo, la pregunta por cómo las piedras follan se me ha ido haciendo más frecuente. Cada vez que veo las imágenes que me aparecen al ir bajando en la pila de publicaciones de los grupos de geología, piedras y cristales en los que terminé metido aquí, por jipi, no consigo esquivar la pregunta por el cómo la fluorita consiguió sus colores o por cómo se estructuraron las formas cúbicas de una pirita. No puedo pensar en los ópalos y en los jaspes, cuando no en el basalto producido tras las cada vez más frecuentes eyaculaciones volcánicas, no puedo no pensar, digo, en las pasiones de la Tierra escritas en piedra. La vida sexual de los minerales está hecha de apretones que duran millones de años, de fricción tectónica, de largas relaciones explosivas cultivadas en lo oscuro y en lo caliente, de bluyineos sucios de eones y de venidas solidificadas por el tiempo y por la presión. En las gemas veo el gemido, en las rocas veo erecciones inextinguibles, en el centro de algunas piedras partidas veo que quedan las huellas de cuerpos animales y vegetales, medio tumba y medio útero, testimonio de una gestación interespecies, amor sin límites y lleno de tiempo. Sólido, perdurable, apasionado y preñado de fantasmas, porque, qué otra cosa es un fósil sino la huella de una vida que trascendió su existencia material. Toda piedra es fornicio y orgasmo, aliento y espectro, disposición y pequeña muerte indisoluble en el tiempo.

Que a nadie se le ocurra decir pasividad al ver una piedra, porque toda piedra es la manifestación de una pasión, la vibración de un espíritu sostenido en la quietud aparente de una respiración infinita y conjunta, en el jadeo de varios. La vida sexual de las piedras es intensidad sostenida, es violencia y cariño de dije traslúcido, relicario de placer, de muerte y de acecho.

La vida sexual de las piedras nos da una luz de esperanza en la soledad de nuestros días cortos, de nuestras vidas etéreas, de nuestras carnes blandas que, más pronto que tarde, reposarán entre capas de tierra y de sedimentos inorgánicos. Polvo seremos para hacernos perla en la labor de la almeja o marca de huesos en la roca fracturada.

lunes by Victor Albarracin Llanos

Al fin llegó el lunes

tras un domingo duro

de dedo en la llaga

de llaga sin carne

de vacío completo

de agujero negro

de la casa a oscuras

de ganas de nada

de gatos y perra

para no hundirse,

de regar las matas

de mirar las flores

de ver las hojas secas

los pétalos marchitos

el calor infame y

el mediodía sin sombra.

Pero hoy ya es lunes

y hay canciones nuevas

que spotify me pone

en una lista todos

los lunes, 6am.

Basta poco para seguir

con poquito uno se conforma,

se engatusa al vacío

y se empieza a andar.

mark by Victor Albarracin Llanos

Iba a buscar un fragmento, un par de frases apenas,

que me servían para algo que pensaba escribir.

La última vez que lo agarré, releí unas cuantas páginas,

la noche de las velitas. Lo puse en la mesita junto al sofá,

encima de otros libros que formaban ya una pila.

Ahí estuvo unos días y luego, después de una fiesta en casa,

no lo volví a ver más.

De repente se fue sin avisar, en medio de la noche,

o tal vez alguien lo sedujo y él se dejó seducir,

nunca se sabe con los teóricos de izquierda

y aún menos con los viejóvenes que rockearon hasta el final.

Quiero decirte que te extraño, aunque no te hojeara tan seguido,

pero siempre te quise y siempre te ofrecí

mis lecturas corticas de tres o cuatro párrafos.

Hasta Chispa extrañará cuando le leía que,

en los años 60, el capitalismo debió enfrentar

el problema de la contención y la absorción

de las energías externas, hoy todas consumidas

en un mundo donde ya es solo ilusión el afuera constituyente.

Siempre le leía en inglés,

con mis acentos deformes que empezaban en pastuso

y terminaban en chileno, aunque solo mi oído sordo

creyera reconocer los dejos regionales de una recitación

fallida, vergonzosa, tragicómica.

Querido Realismo Capitalista, edición de Zero Books,

tal vez te di un cariño malo y desgastante,

tal vez no entendí realmente todo lo que me dijiste

y ahora es ya muy tarde, como siempre que esto me pasa.

De repente abrirte al azar y leerte con un hilo de voz

mientras mi dedo acariciara las letras de la página

te habría hecho querer quedarte, pensar que valía la pena,

con un poco de esfuerzo y ternura.

Pero de qué sirve pensar y sentir y lamentar

cuando ya te fuiste a otra parte, cuando ya no hay más que hacer.

Ojalá seas feliz, allá donde estás, estés con quien estés.

Adiós, libro querido.

esa cosa by Victor Albarracin Llanos

Esa cosa sin nombre

tan metida entre las tripas

que parece acechar allá afuera,

sin rostro y sin causa cierta.

Más bien mazacote,

entresijo de mil sospechas,

de dolores negados,

de resistencias en vano.

Lo cercano, intocable,

lo lejano, incognoscible.

En medio, el ansia sola,

el ansia sin compañía

que me está volviendo mudo.

Respiro y no tengo aliento,

resuello y me sale vaho,

vivo tosiendo fantasmas,

vivo amasando mentiras.

Yo tengo una vida buena,

tan buena como se puede,

asumo que no es mi vida,

no es mi vida lo que pesa,

mas, si no pesa mi vida,

¿qué es lo que tanto me pesa?

sin horizonte by Victor Albarracin Llanos

Hace un par de semanas regresé del Uruguay y, desde mi regreso, una idea me ha estado dando vueltas, entreverada con otras de las que no voy a decir nada ahora. Esa idea, de la que sí les voy a hablar, está ligada a un hecho simple: Uruguay es una planicie con muy suaves ondulaciones. La principal consecuencia de esa condición, al menos para mi relato, es que es muy fácil tener el horizonte en frente. Al atardecer, la gente ocupa la rambla de Montevideo con sillitas de playa, con sus infaltables termos de mate y, eventualmente, con un libro. Otros se toman antiguos muelles y se dedican pacientemente a pescar con caña lo que el río de la Plata les quiera traer. En Pueblo Nuevo, Rocha, pasé días viendo un mar sin obstáculos que se perdía de vista, apenas contrastado por una llanura no demasiado verde y nada poblada. Unas vacas allí y unos caballos corriendo sueltos por allá complementaban la sensación de habitar un mundo sin bordes.

Bien, la cosa es que esa planicie infinita que le prestaba suelo a unos cielos preñados de emociones coloridas me hizo sentir diferente y, al regresar a Colombia, esa diferencia que me fue revelada me ha confrontado muy duramente.

La vida con horizonte es muy distinta. Una vida que no se nos permite a los colombianos que aún vivimos en Colombia o, al menos, en el interior de este país. Parecería que la vida de los uruguayos fluye a falta de obstáculos visuales. Parecería que la gente se mueve, entendiendo que no hay que atropellarse pues siempre hay espacio más allá, aún siendo un país muy pequeño. En Colombia, la imponente geografía de cordilleras, serranías, farallones, páramos y mesetas hace que cada movimiento sea un desafío. Siempre estamos midiendo fuerzas frente a un paisaje poderoso que siempre nos empequeñece. Que no nos permite ver más allá. En Colombia, o al menos en el interior, el paisaje siempre subyuga, y ese yugo bajo el que nos movemos le da forma a esa cosmovisión arriera del abrirse paso a machetazos, del deber siempre trepar lo escarpado, de perdernos en la manigua, en la maraña, en el manglar. De no saber cuál es el camino, de nunca poder ver el horizonte. Vivimos en mil enredos porque crecimos enredándonos.

Ser colombiano es siempre medir la relación de fuerza-beneficio, es siempre pensar en cómo cortar camino, en a quién nos le vamos a colinchar para que la subida sea menos dura, es saber que la trocha se pone estrecha junto al barranco y que donde pasa uno no pasan dos. En Colombia, el paisaje siempre nos reduce y por eso quizás lo odiamos, por eso tal vez lo queremos talar, por eso preferimos convertirlo en mediocridad de cañaduzal o en cementerio de palmas aceiteras. Y no digo que Uruguay no esté lleno de monocultivos, digo que, allí donde no están, hay una oportunidad de disolverse temporalmente en el infinito. Aquí, ese horizonte queda lejos para quienes no vivimos junto al mar.

Estamos constreñidos por nuestra grandeza, una grandeza hecha más para los cóndores o para los chulos. Pero acá no volamos, a menos que sea como Ricaurte en San Mateo y la jornada siempre se concluye bien metidos en el fango, hundiéndonos en el combate con los otros, como en el comienzo del libro de Michel Serres. Enredados, enlodados, encharcados. Nuestra experiencia mística no es la de la disolución, no es la del espacio más allá, visible por todos los flancos, sino la de la penitencia. Subimos Monserrate de rodillas, cada paso es el intento de expiación de algo, porque no puede ser que estemos trepando semejante cuesta por nada. Sí, es nuestra culpa, nos arrepentimos o intentamos que a la próxima no nos agarren, pero ya no nos obligues a seguir subiendo. Y apure el paso mula hijueputa que ya muy pronto va a anochecer.

mitad by Victor Albarracin Llanos

En estos días sin tu abrazo,

he tendido a medias la cama,

porque la mitad que es tuya

nunca se ha destendido.

La gata ha custodiado

el orden del cubrelecho,

mi mitad es lo rizado

y la que ella guarda, bien liso.

Mi mitad, arrugadita,

es mi corazón a medias

que se extraña de tu ausencia

mientras la gata me cuida.

Que no se enfríe tu almohada,

y que la encuentres tendidita,

mi misión, bien arrugada;

la de la gata, lisita.