Sudar
Llorar
Gotear
Romper fuente
Parir
Parir un texto
Gotear el cuerpo
No permitirse perder la posibilidad de perder
Cosas que se rompen en los sueños: no hay que recoger los pedazos al despertar.
Aún no sé si esto conducirá a algún lado, o si terminará disolviéndose en el camino. En todo caso, te voy a contar en lo que estoy por si aún te suena que vale la pena que conversemos.
Hace unos meses escribí un texto para Ecotonos, un proyecto de Juliana Steiner sobre ríos y comunidades. Lo que hice fue reconstruir un conjunto de conversaciones por Zoom entre un artista sonoro de Sibaté y dos pescadores de Nuquí que, en teoría, hablaban sobre los payaos, unas estructuras subacuáticas hechas con árboles muertos que se usan para multiplicar la pesca y generar espacios de sombrío para distintas especies, favoreciendo la biodiversidad en el golfo de Tribugá. Los payaos son renovados dos veces al año a través de la juntanza de toda la comunidad y, con ello, se mantiene también el lazo que le da forma al vínculo comunitario en la región. Sin embargo, muchas horas de esa conversación se iban por las ramas y los pescadores terminaban siempre hablando, con gran belleza, de otras muchas cosas: de los cantos de las ballenas, de titulaciones colectivas, de las medicinas ancestrales, de la calidad de la alimentación y de la riqueza y variedad de los recursos en el Chocó pero, más allá, los pescadores hablaban del espíritu: de la soledad, de la pesca como práctica de meditación, de los estados mentales que les permitían el encuentro consigo mismos en las aguas oscuras del manglar, de la expansión perceptiva, de la respiración y de muchos otros aspectos de la pesca que tienden hacia ese encuentro con las fuerzas espirituales del mundo y con las fuerzas internas que van modelando el alma del pescador a través de la interiorización de su oficio. Escuchar el registro de esas voces grabadas era también escuchar el torrente o el oleaje sereno de cuerpos de agua.
Así que empecé a pensar en esa relación del espíritu con la pesca y recordé el trabajo que me costó leer a comienzos de la adolescencia El viejo y el mar, que es una gimnasia espiritual del heroismo y la pérdida, difícil de encarar para un niño rolo al que le ganó el miedo y nunca aprendió a nadar, ni a apostarle a nada, pero de ahí me llevó la corriente en otra dirección y terminé pensando en Pescador, lucero y río y en El pescador; luego me llegó La subienda y terminé sumergido en el Pescador de Barú, El Canoero, Al otro lado del río y otro montón de cumbias, muchas de Gabriel Romero pero, sobre todo, de los Warahuaco, que crearon y convirtieron en oro un género lírico y musical: la cumbia de pescadores, llena de historias dolorosas, de ansiedad, de luchas interminables contra el oleaje, de resignación y de un montón de emociones que tienen que ver más con la inestabilidad de las aguas interiores del pescador que está siempre a punto de zozobrar, aunque no necesariamente por la furia del río o del mar sino por la fuerza avasalladora de sus propias pasiones.
Me encantaría escribir algún día sobre esas cumbias de pescadores, himnos de la gente pobre en Colombia (nunca escuché en una navidad de familia gomela que el tío borracho con botella de guaro en mano se desgañitara cantando “anoche no pude llegar a ti, quise dar un grito pa desahogar y entonces me puse fue a meditar que uno viene al mundo es pa sufrir, y me agarró la tormenta, el mar estaba picao…” pero sí lo viví de niño en las fiestas de mis vacaciones en Neiva, a comienzos de los ochenta, llenas de paseos de olla, de familia inverosimilmente borracha, de hordas de niños correteando sin autoridad capaz de contenernos y, por supuesto, de esas y muchas otras cumbias que fueron desapareciendo con la llegada del TLC, porque ninguna emoción digna puede surgir de la tilapia congelada o de la bassa que llega de Vietnam), pero no, tampoco voy a escribir sobre cumbias de pescadores, porque ya no hay cumbias de pescadores porque los ríos se han ido secando y la subienda ya es un mito y yo no tengo el acervo necesario, ni la energía para no pegarme un tiro en el pie escribiendo sobre algo que me exigiría erudición, ademas de tiempo y dedicación, que ahora me faltan. Discúlpame por dar vueltas y vueltas con esto, estoy intentando encontrar un modo digno de explicar lo que quisiera escribir, pero creo que no hay dignidad en ese atisbo de idea. Déjame escribir un par más de pendejadas a ver si logro empezar.
Últimamente me han vuelto a salir en Facebook (no en Instagram) esos protomemes que mostraban la microscopía de distintos tipos de lágrimas: las de rabia, las de tristeza, las de impotencia, etcétera. El chiste de esa imagen estaba (nunca he comprobado si es real) en mostrar que, dependiendo de la emoción que albergaran, la estructura molecular de esas aguas saladas oculares se modificaba de manera dramática. Por esa misma época, la época de El Secreto, Las leyes de la atracción y What the Bleep do we Know!, se popularizaron también los experimentos de Michio Kaku, en los que embotellaba cualquier agua puerca de charco y la volvía cristalina a punta de hablarle bonito mientras se parrandeaba el agua del manantial más prístino diciéndole que era inmunda. Entonces, de alguna manera, este montón de aguas me han ido haciendo pensar en algo, en algo un poco idiota y que no sé cómo transformar molecularmente, a menos que el lenguaje me permita ir filtrándolo hasta que sea claro, porque todavía no lo es. Digamos entonces que me interesan los matices emocionales de las aguas, que me interesa el lenguaje como espacio tormentoso de sanación, entendiendo que sanar no es más que aceptar que estamos llevados del putas a la vez que hacemos resonar el padecimiento para dotarlo de una vibración cargada de brillos y de sombras. Y me interesan esas ideas en relación con la posibilidad especulativa de la autoteoría, de la ficción sobre uno mismo, es decir, sobre mí mismo, que te hablo aquí.
Entonces, para empezar a hablar de mis aguas, voy a enumerar un conjunto de verguenzas propias, creo que será lo más fácil para empezar:
Fui un niño meón. Me oriné en la cama con frecuencia hasta los 10 u 11 años. Un par de veces, ya de adolescente, me oriné borracho y despierto en los pantalones. Entre los 20 y los 50, que estoy a punto de cumplir, me he orinado en la cama una vez por década, en situaciones siempre muy embarazosas y nunca solitarias sobre las que no voy a decir más.
He sudado siempre, en exceso, debido al calor, al estrés o al esfuerzo físico. Un par de veces me han dicho los médicos que la sudoración excesiva podría mostrar una predisposición a las patologías cardiacas. Así que pienso que he vivido mi vida con el corazón roto y que sostener esa ruptura sin diagnóstico ha implicado un trabajo extenuante y, en consecuencia, litros y litros de sudor.
Quizás lo que he hecho en la vida con el mayor compromiso ha sido llorar. El vínculo más profundo que tuve con mi padre, un señor muy parco y muy severo que siempre estaba jodido y reventado de trabajo para poder medio pagar el arriendo y la comida, se construía los domingos frente al televisor. No importaba si veíamos La Familia Ingalls, Camino al Cielo o McGyver porque, sin importar qué, siempre había en toda historia, en toda emoción, algo digno de ser llorado. Así que llorábamos en silencio, juntos, sin hablarnos, con la mirada fija en la pantalla de blanco y negro. En 2013, cuando me fui a vivir a Los Angeles para hacer una maestría, empecé a grabarme en video llorando, siempre en clips de 1 minuto, siempre solo, duplicándome en la imagen electrónica que se compadecía de mí en una ciudad en la que casi me muero de dolor tras una ruptura amorosa que nunca elaboré con palabras. I’m too sad to tell you, you know? Me grabé hasta hace poco más de un año, aunque hace dos o tres empecé a perder la disciplina del registro, tal vez porque, desde que murió mi papá, durante la articulación Covid – Paro Nacional, empecé a llorar en público, frente a amigos, ligues y frente a Ana, mi pareja, que me ve llorar a diario de dolor, de rabia, de risa o de esa tristeza que le contagia a uno la luz del atardecer. En total, grabé 258 clips de 1 minuto, es decir 4 horas y 18 minutos de llanto. Mi plan inicial era completar 24 horas hechas de secuencias de 60 segundos, para que el llanto fuera el reloj que signara mis días. Llorar en público fue haciendo innecesario el desdoblamiento de mis emociones en la pantalla.
Empecé a sufrir de la próstata hace quizás un año, cuando me empecé a dar cuenta de que nunca se me quitaban por completo las ganas de orinar. Los síntomas han ido empeorando aunque aún son moderados. Sin embargo, percibo ya un goteo insignificante pero atroz después de cada ida al baño. Supongo que estoy lejos aún de empezar a usar un pañal para adultos, pero todo río empieza siendo gota.
¿Qué son todas esas aguas internas que recorren nuestro cuerpo y que escapan de nosotros? ¿Cuál es el estatus emocional de esas aguas? ¿Hay un sudor del placer después de follar y otro muy distinto de la calle a oscuras donde un par de sombras se aproximan amenazantes? ¿Son las gotas furtivas de orina el lagrimeo nostálgico por el fin de mi virilidad? ¿Qué se disuelve en mí por la emanación de mis aguas internas? ¿Es mi cuerpo la erosión del suelo que ya no puede más que dejar escapar sus aguas o es ruina húmeda favoreciendo el surgimiento de musgos, hongos y líquenes? ¿Qué es hoy ser un hombre o, más bien, qué es hoy de ese hombre al que pidieron no llorar, no mostrarse flojo para el trabajo sudando al menor esfuerzo y que, poco firme, se mea soñando con cascadas? No sé si estas preguntas sean preguntas y no creo que tengan respuestas. No sé si cualquier cosa que surja de este ejercicio le puede importar a alguien que no sea yo, ni sé tampoco si tendré el valor de intentar responder, confiriéndole belleza y verdad a este atisbo de escrito, pero siguen saliendo de mí pensamientos sobre estas cosas y tal vez, en este espacio de progresiva deshidratación, tenga algún mérito persistir haciendo aguas, dejando que se me moje la canoa.
Abrazo.