Hace un par de semanas regresé del Uruguay y, desde mi regreso, una idea me ha estado dando vueltas, entreverada con otras de las que no voy a decir nada ahora. Esa idea, de la que sí les voy a hablar, está ligada a un hecho simple: Uruguay es una planicie con muy suaves ondulaciones. La principal consecuencia de esa condición, al menos para mi relato, es que es muy fácil tener el horizonte en frente. Al atardecer, la gente ocupa la rambla de Montevideo con sillitas de playa, con sus infaltables termos de mate y, eventualmente, con un libro. Otros se toman antiguos muelles y se dedican pacientemente a pescar con caña lo que el río de la Plata les quiera traer. En Pueblo Nuevo, Rocha, pasé días viendo un mar sin obstáculos que se perdía de vista, apenas contrastado por una llanura no demasiado verde y nada poblada. Unas vacas allí y unos caballos corriendo sueltos por allá complementaban la sensación de habitar un mundo sin bordes.
Bien, la cosa es que esa planicie infinita que le prestaba suelo a unos cielos preñados de emociones coloridas me hizo sentir diferente y, al regresar a Colombia, esa diferencia que me fue revelada me ha confrontado muy duramente.
La vida con horizonte es muy distinta. Una vida que no se nos permite a los colombianos que aún vivimos en Colombia o, al menos, en el interior de este país. Parecería que la vida de los uruguayos fluye a falta de obstáculos visuales. Parecería que la gente se mueve, entendiendo que no hay que atropellarse pues siempre hay espacio más allá, aún siendo un país muy pequeño. En Colombia, la imponente geografía de cordilleras, serranías, farallones, páramos y mesetas hace que cada movimiento sea un desafío. Siempre estamos midiendo fuerzas frente a un paisaje poderoso que siempre nos empequeñece. Que no nos permite ver más allá. En Colombia, o al menos en el interior, el paisaje siempre subyuga, y ese yugo bajo el que nos movemos le da forma a esa cosmovisión arriera del abrirse paso a machetazos, del deber siempre trepar lo escarpado, de perdernos en la manigua, en la maraña, en el manglar. De no saber cuál es el camino, de nunca poder ver el horizonte. Vivimos en mil enredos porque crecimos enredándonos.
Ser colombiano es siempre medir la relación de fuerza-beneficio, es siempre pensar en cómo cortar camino, en a quién nos le vamos a colinchar para que la subida sea menos dura, es saber que la trocha se pone estrecha junto al barranco y que donde pasa uno no pasan dos. En Colombia, el paisaje siempre nos reduce y por eso quizás lo odiamos, por eso tal vez lo queremos talar, por eso preferimos convertirlo en mediocridad de cañaduzal o en cementerio de palmas aceiteras. Y no digo que Uruguay no esté lleno de monocultivos, digo que, allí donde no están, hay una oportunidad de disolverse temporalmente en el infinito. Aquí, ese horizonte queda lejos para quienes no vivimos junto al mar.
Estamos constreñidos por nuestra grandeza, una grandeza hecha más para los cóndores o para los chulos. Pero acá no volamos, a menos que sea como Ricaurte en San Mateo y la jornada siempre se concluye bien metidos en el fango, hundiéndonos en el combate con los otros, como en el comienzo del libro de Michel Serres. Enredados, enlodados, encharcados. Nuestra experiencia mística no es la de la disolución, no es la del espacio más allá, visible por todos los flancos, sino la de la penitencia. Subimos Monserrate de rodillas, cada paso es el intento de expiación de algo, porque no puede ser que estemos trepando semejante cuesta por nada. Sí, es nuestra culpa, nos arrepentimos o intentamos que a la próxima no nos agarren, pero ya no nos obligues a seguir subiendo. Y apure el paso mula hijueputa que ya muy pronto va a anochecer.