albarracín / by Victor Albarracin Llanos

No tengo ninguna alcurnia, pero mis apellidos son viejos. A veces me quedo viendo mis diccionarios arcáicos en pdf después de buscar una palabra específica. Hoy, intentaba buscar ‘Albarraque’ o ‘Alabarraque’ en el de Nebrija y en el de Covarrubias, para confirmar que de ahí había evolucionado la palabra ‘barranco’, pero me volví a estrellar con la bella reseña del Covarrubias sobre el nombre ‘Albarracín’. Se dice hoy que el apellido se desprende del nombre de ese pueblito español rodeado de peñascos y protegido por muros altos y dos torres. Se dice que el nombre del pueblo sale justamente de esas dos torres que, en árabe, se dice ‘al-burakain’. También se dice que Albarracín sale de ‘al-barraq’, una palabra para nombrar al valiente, al berraco. No me gustan la valentía ni la berraquera, no son virtudes que tenga ni que quiera tener. Tampoco me gusta mucho la idea de estas dos torres erigidas al borde de un barranco para proteger un poblado. Lo que me gusta es el barranco en sí, la caída al vacío, la geografía cortante de un abismo tallado en piedra y, por supuesto, me encanta la definición de Covarrubias, que piensa que el nombre, “significa los apartados del trato y comercio de los demás: como antiguamente estaban los leprosos: y sin duda debían de estar apoderados de este lugar hombres facinerosos y foragidos, y de allí bajarían a robar la tierra”.

La vida parecería irme acercando al borde de ese barranco que me nombra, que me aleja del trato y del comercio, que me separa, como al criminal o al enfermo, como al loco, quizás, que ha perdido el juicio, si se entiende ‘juicio’ como el acuerdo a la convención social y a las maneras de la cortesía y de la productividad. Por un lado, sufro a diario mi separación, el ostracismo al que he sido reducido y el cierre sostenido de toda opción de ‘trato’ y ‘comercio’. Lo sufro porque necesitamos afectos, dulzura y palabras de aliento, tanto como posibilidades de algo que podamos intercambiar con otros para poder pagar el vivir y, más, para no desaparecer en el silencio del mundo convertido en constante ruido mental. De alguna forma, ser un albarracín cualquiera es ser un condenado de la tierra, al borde del despeñadero pero, también, es habitar la promesa de una tierra que habré de bajar a robar porque nadie, ni el comercio, ni el buen trato de los que fueran amigos, ni el reconocimiento de mi existencia por el Estado, por la sociedad o por el sistema de la cultura que miro desde el filo que, a la vez, me deja ver la profundidad de la tierra y la abrumadora luz del cielo reformador de nubes me van a conceder por las buenas.