Me decía Clarice un momento antes de ver la gata al sol:
“Equilibrio peligroso el mío, peligro de muerte del alma. La noche de hoy me mira con letargo, verdín y cebo. Quiero, dentro de esta noche que es más extensa que la vida, quiero, dentro de esta noche, vida cruda y sangrante y llena de saliva. Quiero la siguiente palabra: esplendidez, esplendidez es la fruta en su suculencia, fruta sin tristeza”.
Y yo también quiero eso mismo, esplendidez; pero mi vida sigue apretada, a mi cuerpo le faltan heridas, la saliva se me seca en las comisuras. Quizás me falta trabajo espiritual, tal vez no he escuchado las lecciones del dolor o mi carne está ya dura, sancocho de gallina vieja. Pero tengo confianza en que un día la luz me va a alumbrar espléndida, como siempre lo hace, y yo seré capaz de recibir su brillo con una enorme sonrisa sin dientes.