En 2020, pensé que era por la pandemia
En 2021, que era por el horror presidencial
En 2022, el cansancio de seguir viviendo
En 2023, que el tiempo nuevo me florecería
En 2024, siento que es sólo mi culpa.
Y quizás lo sea, pero no la veo.
Miro alrededor y miro adentro mío,
miro las potencias vivas que me germinan
y me reflejo en mis opacidades necesarias;
cultivo la alegría, sin razón, como se debe
y procuro no caer en la caverna cegadora
o salir pronto, si es que terminé cayendo.
Pero nada pasa, nada que no sean las horas
el silencio de los días de esperar desesperado,
el anhelo hecho hielo que hace daño,
el rostro que se me marchita ante el espejo,
la voz que dice “no” diciendo nada.
Son las ansias carnívoras de la nada
ruñéndome las uñas y los huesos,
es la voz que se hizo flaca
a fuerza de esperar callada
que el mundo la invite a venir,
pero el mundo no me invita
y no logro tomarlo por asalto.
He intentado ser el perro bueno,
el policía malo,
el hombre que bajó la montaña,
el cándido esperanzado,
la sombra de toda sospecha,
el monje que vendió su ferrari
Y apenas soy la fantasía
de alguien que, siendo yo,
pierde la fe y la magia
y se seca
y se sigue secando,
osamenta calcinada
entre un barrizal ya seco.