Las plumas son las capas más visibles
del viento que no sopla, superpuestas;
el cuerpo es escenario prescindible
que se pudre, que se rompe y que apesta.
Pero, entre chirridos y hedores
ese cuerpo es un jardín florido,
es el relato de todos los horrores
y el canto dulce de lo amanecido.
Este cuerpo en decidida decadencia
lo ha visto todo y ha cargado todo el peso,
y se ha quebrado en la final resistencia
del que confía en el poder de su deceso.