Quién va a cuidar mis fantasmas cuando la carne se seque en el hueso? Cómo vivirán mis memorias de ti si en el cuerpo ya no estoy preso? Nos secaremos yo entre la tierra y tú en el aire cuando ya nadie más te imagine, cuando todo se termine, cuando mi voz no determine palabra, cuando mi vida se abra a la nada, cuando la tierra arrojada sobre mis restos anule hasta el último gesto, cuando de esto y de aquello ya nos hayamos librado, cuando el destino nos haya borrado, cuando ya no sea yo, cuando te haya soltado en el último aliento, el que extingue el sentimiento, el que anula el pensamiento otorgando ese nuevo posicionamiento de muerto, cuando me vuelva compost para el huerto. Hubiera querido que no solo en sueños fueras la voz que me arrulla, la mano que en el día deshace mis marrullas, me habrïa derretido por mezclar mis sustancias con las tuyas, puede que ya lo intuyas, aún sin que me haya muerto, aún en mi vida de entuertos te alojo en forma de espectros: eres presencia invisible, eres ladrillo indivisible aunque esté hecho de nada, de fantasías de almohada, de noches desorbitadas, de frustración amasada en la masa de tu cuerpo esquivo, en el dolor con que vivo, no hay comprimidos de rivo que puedan calmar convulsión ni ansiedad de tu fantasma sin edad, de nuestra historia sin verdad, de la distancia sin bondad y sin tiempo. Hay gozos inalcanzables que son por eso irreductibles, hay sentimientos enquistados como espinas o proyectiles. Cuando perdamos materia del cuerpo entregado de nuevo a la tierra, se va a acabar esta guerra de maraña y de maña, se va a acabar la ilusión del mañana disuelto en el tiempo de una tierra que no espera ya nada de ti ni de mí. Seamos el lodo esencial, arcilla fundacional, seamos tú y yo esa tierra sin nombre que va a germinar.