Un poquito antes de las 8 de la mañana del primero de marzo, en el puesto de atrás de un taxi, Chispa lanzó un aullido, tierno y rabioso, agudo y muy definido, como si una aguja cantara. Toda la tristeza del mundo se juntó en el sonido desgarrador y dulce de ese animal muriendo en mis brazos.
Después de que todo pasó, Ana me recogió en un parque, en la esquina de la veterinaria a la que llegué cargando su cuerpito aún tibio. En un clarito del bosque, abrimos un hueco en la tierra. Cristina subió cinco flores de botón de oro, Angélica quemó copal y Laura cantó una canción hermosa mientras yo ponía a paladas la tierra de vuelta en el hueco, la última morada de una perrita a la que se le rompió el corazón.
Mi cariño por Laura nació ese día y, en mi cabeza, ese cariño sigue teniendo la forma de una canción. No es en vano que ahora, en estas últimas semanas, su propio tránsito hacia la muerte estuviera tan lleno de música.
Yo no sé cantar, y ese no saber me hizo callar, con un nudo en la garganta. Cuánto hubiera querido devolverle el regalo hermoso de esa canción que nos acompañó, a Chispa y a mí, en la separación final de nuestros cuerpos, tras casi nueve años de habernos hecho casi un simbionte, cuerpo sintiente y palpitante, canalización de fuerzas y debilidades, espacio de intersección entre una chihuahua poderosa y un hombre quebrado por su propia inviabilidad.
Sin voz ni corazón, me queda solo esta escritura descorazonada para intentar hacer resonar el cariño por una perrita y por una mujer admirable que me han enseñado más sobre la vida y la muerte que todas las formas de mis pretensiones intelectuales.