Iba a buscar un fragmento, un par de frases apenas,
que me servían para algo que pensaba escribir.
La última vez que lo agarré, releí unas cuantas páginas,
la noche de las velitas. Lo puse en la mesita junto al sofá,
encima de otros libros que formaban ya una pila.
Ahí estuvo unos días y luego, después de una fiesta en casa,
no lo volví a ver más.
De repente se fue sin avisar, en medio de la noche,
o tal vez alguien lo sedujo y él se dejó seducir,
nunca se sabe con los teóricos de izquierda
y aún menos con los viejóvenes que rockearon hasta el final.
Quiero decirte que te extraño, aunque no te hojeara tan seguido,
pero siempre te quise y siempre te ofrecí
mis lecturas corticas de tres o cuatro párrafos.
Hasta Chispa extrañará cuando le leía que,
en los años 60, el capitalismo debió enfrentar
el problema de la contención y la absorción
de las energías externas, hoy todas consumidas
en un mundo donde ya es solo ilusión el afuera constituyente.
Siempre le leía en inglés,
con mis acentos deformes que empezaban en pastuso
y terminaban en chileno, aunque solo mi oído sordo
creyera reconocer los dejos regionales de una recitación
fallida, vergonzosa, tragicómica.
Querido Realismo Capitalista, edición de Zero Books,
tal vez te di un cariño malo y desgastante,
tal vez no entendí realmente todo lo que me dijiste
y ahora es ya muy tarde, como siempre que esto me pasa.
De repente abrirte al azar y leerte con un hilo de voz
mientras mi dedo acariciara las letras de la página
te habría hecho querer quedarte, pensar que valía la pena,
con un poco de esfuerzo y ternura.
Pero de qué sirve pensar y sentir y lamentar
cuando ya te fuiste a otra parte, cuando ya no hay más que hacer.
Ojalá seas feliz, allá donde estás, estés con quien estés.
Adiós, libro querido.