Empecé a pensar con juicio en lo que significa coexistir mientras hacía la maestría, hace más o menos ocho años. Me interesaba la idea de vivir juntos más que la de “colaborar”, esa punta de lanza de la práctica social gringa blanca, pues me parece que esas relaciones de “colaboración” convierten nuestro contacto con otros en una pura estrategia de producción capitalista. Colaborar es, de alguna manera, laborar juntos, ni siquiera trabajar juntos sino laborar. Y se labora siempre para algo, no se labora porque sí. La labor está inscrita en un sistema laboral, se regula por jerarquías y normas (por eso existe el Derecho Laboral) y se tipifica como un ejercicio productivo. Laborar es producir. Como no me interesa la producción de nada, me dediqué a pelear con los gringos de mi maestría por desterrar la idea de colaboración y abrazar el ejercicio más simple y profundo de la coexistencia. Mis palabras y mis gestos no tuvieron un interlocutor que dijera algo más que “wow, qué complejo e interesante”.
Luego volví a Colombia y, como parte de mi trabajo de entonces, debía participar de eventos y largos procesos internos en el seno de una organización internacional de iniciativas artísticas que incluye en su nombre la palabra Colaboratorio, ya no colaborativo sino “colaboratorio”, como si no solo fuéramos gente que labora junta sino que esa labor se desarrolla como un laboratorio. Desde el comienzo volví con el cuento y, el cuento, aunque tuvo momentos conmovedores, siguió pasando de largo.
En el curso de los últimos dos años, la pandemia y la guerra han venido a mostrarnos que no podremos salir de esto a menos que aprendamos a vivir juntos, a coexistir. Algunas voces en el campo particular del arte, empezando por voces dentro del ecosistema colaboratorial del que hablaba, empezaron a hacer eco de esas nociones de coexistencia para empujar programas en nuevas direcciones y para ampliar el espectro de posibilidades del arte y de la vida para algo más que “laborar”.
Claro, mi teoría de la coexistencia ha sido enunciada por otros, desde hace tiempo, quizás con otras palabras. La idea ha servido a muchos para generar sistemas de pensamiento, aunque no tanto para fomentar nuevos sistemas de vida. No digo que yo me inventara la idea de coexistir, ya Barthes o los situacionistas podrían patearme el culo por atrevido, cuando no gente como bell hooks o Brian Massumi, en fin.
Hoy, en mi búsqueda de becas y de opciones cualesquiera para no morir de hambre, me encontré una convocatoria más que sonaba fantástica, una convocatoria para ir a vivir a un castillo en Alemania y ocuparse, exactamente, de la noción de “coexistir”. Mientras leía la descripción de la convocatoria me di cuenta de que los requisitos para participar siguen estando ligados a todo lo que has producido y mostrado, a con quién lo has hecho y dónde lo has vendido: quiénes son tus colaboradores o tus colaboracionistas, cuáles tus vitrinas usuales, cómo ha salido el posicionamiento de tu práctica. Más allá del título y de lindas ideas en abstracto, nada se dice en realidad sobe vivir juntos. Coexistir, pues, pronto significará lo mismo que colaborar, y colaborar, lo sabemos, solo sirve para ampliar tu nicho de mercado. El sistema del arte, lo sabemos, es bien conservador en medio de su apocalíptica usual. Es triste que las posibilidades de repensarnos a partir de juntarnos solo se den para seguir formando pandillas que defienden a ultranza sus infraestucturas y territorios heredados. En fin, de repente ya es muy tarde para coexistir y deberíamos más bien abrazar la posibilidad de comorir, pues ya nos va a llegar la hora y nos cogió muy mal preparados.
Como es evidente, tampoco cumplo con los requisitos básicos para Coexistir en el marco de esa residencia (ni de ninguna).