En medio de tanta geopolítica, no voy a hablar de los rusos ni de los ucranianos, no quiero dármelas de experto ni controvertir los mensajes, todos indiscernibles, de este comienzo de guerra. No pondré una banderita, ni de Ucrania ni de Rusia, porque la gente jodida, la más jodida de toda, seguro que ni bandera tiene. En medio de estos y aquellos, de los unos y de los otros, ¿dónde quedamos nosotros? Dónde quedamos nosotros, digo, para vernos y para arruncharnos ahora que nada más importa. Sin parcela ni casa propia, sin cultivos ni nacimiento de agua, no hay chances de supervivencia. Sólo nos queda el consuelo de la cama en un rincón donde, un poco apretaditos, por fortuna, nos haríamos caber ambos. Pero no se dan las cosas, como no se dan la fe, ni la esperanza ni la caridad. Están volviendo los días, tras la tregua de estos meses, de descubrirnos pensando, cuando estamos distraídos, que vamos a morirnos solos y que no hay mayor tristeza. En mi fantasía es distinto, distinto e igual de irreal que todos los comunicados que emite la hegemonía. Mi fantasía es distinta, la de palmarla junticos, la de esperar en silencio, agarrados de la mano. Hoy vi que a Latinoamérica no la alcanzarían los misiles, así que no moriremos por explosiones diversas, a menos que sean las locales, de bombona certificada, pintada por nuestros soldados con el logo de los elenos. Todo eso me rebasa y preferiría abrir la botella, servir un par de copas, dejar el cuarto a oscuras para poder llorar sin vernos, elevando la humedad ambiente en la que se respira mejor. Todos nos morimos solos, nadie nos quita ese imperio, pero una mano solidaria, asustada y tembleque de nervios de punta bastaría para mejorarlo todo en este rinconcito tenue. Y claro, tal vez no muramos aún, ni así, ni por mano de terceros, tal vez nos toque a la próxima: no pandemia sino guerra, no guerra sino sismo, no sismo sino inundación, no inundación sino sequía, no sequía sino hambre, no hambre sino tristeza. Y nada quita la tristeza mejor que sentirla abrazados. Dónde está la OTAN del apañe, dónde la artillería amorosa, para, en la última risa, que se verá igual que un grito, ver arder el mundo y consumirnos sin miedo.