una postulación laboral, o el trabajo del querer / by Victor Albarracin Llanos

“Señor, protégeme de lo que quiero”, dijo primero Pablo Picasso y, luego, sin el “Señor”, lo repitieron Jenny Holzer y los de Placebo. Hoy, ya no pedimos que nadie nos ofrezca esa protección ante el querer porque ya no tenemos idea de qué queremos ni de cómo querer. Estoy aquí sentado hace horas, intentando escribir una carta de motivación para postularme a un empleo que no quiero (como no quiero ningún otro empleo en la vida) pero que necesito, muy a pesar mío, para subsistir.

Quisiera entonces escribir en esa carta que me gustaría trabajar para que vivamos y no emplearme para que yo subsista, pero es evidente que solo mentir sirve para quedarse con un puesto y para perpetuar la mera supervivencia sin ilusión del empleo sin trabajo, porque emplearse, en contra de la definición más básica de trabajo que nos ofrece la física, implica hacer el mayor esfuerzo posible para que nada se mueva. Yo quisiera escribir en la carta que querer no debería necesitar que nos protegiéramos de lo querido sino que nos entregáramos a ello, al ejercicio de querer. Tal vez así, poco a poco, dejemos de sentirnos inqueribles y, tal vez así, queriendo sin miedo, la supervivencia se haga vida y el posible dolor del querer produzca belleza y no ataques de nervios.

Escribo mentiras mientras pienso en la verdad, es decir en el querer, porque no hay falsedad queriendo. Escribo mentiras mientras me callo el querer querer, el querer quererte y el querer que nos queramos, imperfectos e incompletos pero vivos y juntos. Nada de eso, desafortunadamente, tiene que ver con buscar empleo ni con el vacío en el estómago de saber que nuestros quereres habitarán la distancia y no la cercanía de una misma cama, de unas noches juntos y de días en los que podríamos andar mancomunados para que todo se moviera, en pos de un mundo muy otro.

Pero aún así, sin correspondencia, el querer modela y reforma, abre salas y salones donde el pensar en lo querido nos llena de una emoción preñada de esas lágrimas dulces que disuelvan todas las burocracias de la supervivencia para dejarnos agrietados y llenos de brisa y de destellos. Señor, no me protejas de lo que quiero, protégeme del sobrevivir ramplón y seco.