De repente, hay cada vez más relación entre el color del cielo al final de la tarde y las texturas de mi ánimo: nube reformada y deshecha por los vientos. Me gustan las nubes ligeras que se deshacen sin drama en el azul de oro de muchas de mis tardes porque me aligeran también el aliento y me quitan del pecho el peso muerto de los ladrillos que cargo. Pero también me gusta ese cielo de leche que es pura nube sin forma, neblina fantasmal descomponedora de la luz solar en escalas de grises. Un cielo que arropa y aprieta, que congela y que quema a la vez con su escalofrío monocromático. Un cielo plomizo y difuso, negador de bordes y de sustancias, un cielo insustancial e insulso, perfecto para paladear el sabor amargo en la boca, la baba seca adherida en las comisuras, la garganta pastosa por la falta de agua y por la ausencia de risa. Cielo de labios partidos, de besos negados. Hoy, ese era el cielo desde temprano en la tarde y, desde temprano en la tarde, ese cielo me gritaba que no creyera en las mentiras del sol, enemigo de la tundra, único clima del pensamiento que persevera ya sin ilusión. Tuve que venir a masticar esta palabrería sonsa para no convertirme en callo, para soplar el chamicito que aún queda encendido aunque ya no hay madera, aunque ya no hay pulmón para soplar, aunque ya no hay pulso para sostener la rama seca de los días consumidos que se desintegra en ceniza renegrida y manchosa. Necesité hoy estas palabras rimbombantes para hacerme una trinchera que proteja mi cuerpo blandito, lleno de dolores sin nombre y sin diagnóstico, mi cuerpo lleno de promesas decadentes, mi cuerpo que ya no es de hombre (si es que alguna vez lo fue) y que ya no aspira siquiera a seguir llamándose cuerpo. He alcanzado la condición de ruina y solo espero ahora, cuando ya la leche del cielo se hizo negra, que esa condición se me respete. Ser ruina es aceptar el abandono de la propia estructura que solo a pedazos se boceta, comida por los líquenes del monte y por los musgos disimuladores de nuestras arquitecturas tras el desplome de ese pedazo del edificio que ya resulta demasiado caro restaurar, que ya no tiene esperanza de volver a funcionar, que se contenta acaso con mantener una fracción de muro o una escalera erguida para señalar que allí hubo una casa o una escuela o un hospital o una cárcel o un putiadero y que ni la casa ni la escuela ni el hospital ni la cárcel ni el putiadero están más y que es un alivio que ya no estén y que no nos impidan largarnos a buscar otro cielo o el mismo, libres de toda obligación de ser funcionales, de ser profesionales, de ser confiables, de ser precisos, de vivir manifestando nuestra añoranza de más paredes y más escalones para mejor abrazar la horizontalidad y el horizonte sin presa ni verdad. El cielo blanco, el cielo gris y el cielo de grafito ceniciento son buenos para escondernos y para rendirnos, cansados como estamos de ser los hijos bastardos del sol, que siempre nos vio feos e insuficientes pero que se negó a devorarnos porque precisa de la adoración de un pueblo turbio para brillar.
Dame la mano, llévame a tu cueva, inventemos una luz negra, una tierra de sombras luminiscentes que no nos deje ciegos una vez más.