A las plantas les cayó la roya.
Llegaron cucarachas negras
que se agazapan entre las fisuras
de los mesones y de las tuberías viejas.
Las cosas no salen:
ni las de plata ni otras ningunas.
Hoy me dijeron
que dios aprieta pero no ahorca
y yo queriendo su mano en mi cuello
para acabar ya pronto y de una vez por todas.
Parecerían señales, todas de mal agüero.
Esta mañana, entre sueños cortados y reanudados con el dolor del ojo siempre al fondo, me dormí y soñé que oía gritos de emoción, como un estadio donde cabe el triunfo. Me paraba de la cama y levantaba el blackout: el cielo gris, casi negro. Violentas nubes de humo y ceniza. Las Tres Cruces habían hecho erupción. Los gritos de la gente contenían todas las emociones juntas. Entonces, comenzaba a temblar, el edificio se sacudía con fuerza y yo me entregaba, con miedo y alivio, a ese último sacudón.
Cuando al fin me desperté, salté de la cama y enrollé la cortina. Ahí seguía la montaña, intacta. No hubo volcán: aquí seguimos, envidiando a los pompeyanos consumidos en su sueño. Sin embargo, un guiño solar bailó ligero en el aire en forma de mariposa. Abrí la ventana y se fue.
Seguimos.