Me imagino la casa, con bosquecito y quebrada,
le imagino estufa de leña y neblina por la mañana
rocío sobre las rosas y las flores de un curubo.
Siempre imagino de más, inventando mil detalles.
De pronto, la casa es moderna: con estufa y con ducha de gas.
A lo mejor no tiene rosas, ni tiene buganvilias
y, en vez de curubas, crece solo maleza.
Pero, en mi mente, florece el rosal majestuoso
y la comida huele a madera, a carbón de palo
que ahuma las ollas.
Para mí, la curuba está madura, dulce y astringente
y la neblina es espesa pero se despeja pronto
para que el sol amable te brille en los ojitos.
No importa cómo es la casa, porque ya la imagino
como una prolongación de tu voz
como una risita tonta
como un suspiro de brisa.
Recógete un poquito y mira las nubes:
la que parece un conejo y la que parece un pan,
un perro sacando la lengua, un ovni sabanero.
Te dejo ahí en la casa, calentita y aireada,
luminosa y mullida, con cojines y con mantas.
Descansa de todo, cierra los ojos
y canta cosas lindas que luego se te olviden.