Me siento a mirar el agua y me quedo viendo las piedras llenas de aristas y las piedritas que no llegan a ser suaves. Veo los barcos a lo lejos, largándose despacio yo no sé a dónde. Después vuelven los ojos a reposar en el oleaje mansito dándole un respiro a la emoción de las rocas cuando me empiezo a sentir cortado por los filos. Hay una topografía de mis emociones que me resulta a veces un poco siniestra, casi siempre triste, la mayoría del tiempo, estéril y, de vez en cuando, cantarina. A menudo, también, se me mezclan unas con otras y ahí es cuando más me siento el sentimiento. Me quedan dos semanas de este horizonte que me ha ayudado a ponerme lejos de todo en un mundo nuevo, pero no se puede escapar de uno mismo para siempre.